lunes, 3 de diciembre de 2007

Tres de Diciembre




Sudor, mezclado con lágrimas. Las sábanas me envuelven y me ahogan. Dejo de respirar por un momento, y mis ojos se abren. “Es el final” sale de mi boca, con el último aliento, que ya es de resignación.
PUM! Suenan mis huesos contra el suelo. Una vez más la noche oscura, se quedó sin estrellas, y mi pesadilla más recurrente vino a mi mente. La explosión que mi cabeza hace cada noche al escuchar esas melodías que llenan de recuerdos retumba, y me hace reinventarme al levantarme, recordando al viejo con voz de diez-mil cigarros, y su cartel que dice “Lo peor, ha pasado.” Y sí, pasó, y quedó.
PASÓ. Y miro hacia atrás, veo eso, y pienso en salir adelante, pisar esta huella, caminar, escapar de la ciudad, sus pre- y per- juicios. Llevarme conmigo a esos y esas que brillan por sobre los demás. Esas estrellitas que son luz de tanto dar luz. Escaparme con ellas, en nuestro colectivo imaginario a un mundo donde todo lo que acá es imposible, sea realidad. Y que nos alejemos de todo el mal. Soñemos felicidad, VALE LA PENA.-

La oscuridad invade el cuarto, los cuatro acordes que sé, salen de mi guitarra desde hace ya bastante tiempo y suenan cada vez más idos. O soy yo el que se va. Me interno tras mis ojos, mi cabeza crece y va a estallar, en pequeños papeles de colores, que algún cruel payaso va a juntar y a usar para inflar una piñata que va a tomar algo de mi vida que lo lleve a “esperar la excitación al estallar”, aunque luego “sienta que prefiere la angustiosa calma al desinflarse y descansar.” Voy perdiendo de a poco mi noción del tiempo, del espacio, y más que todo, de la interfase entre la realidad y la fantasía. Habito abismos cada vez más grandes, y los colores se desvanecen. Siento una pequeña y suave brisa que luego se transforma en una ventisca insoportable que me termina arrancando la ropa y la consciencia.
Ya soy un autómata, no distingo nada, me interno en una selva desconocida y frondosa, en la que muy pronto pierdo el rumbo, y no logro despertarme de lo que siento que es un sueño. El calor se empieza a extinguir, las llamas y los recuerdos de esa musa inspiradora se me van yendo, y ahí es donde entra la melancolía, donde acaba la inocencia de la niñez, y empieza el atroz sufrimiento del pseudo-adulto. El martirio anuda mi garganta, me enmudece. El sudor fluye de manera imparable, mis ojos se desorbitan, la asfixia, está resultando una salida dolorosa, del dolor. Entonces sí, comienza la libertad, las tres paredes de placebo que me rodeaban, ya no las puedo recordar, y me fui de casa. Al infinito fue a donde corrí, volé, escapé. Atrás de ellas, se escondía “un alma simple y ya sin luz.”
Quizás pueda volver.
Si me das una señal.



(Crecí y el dolor que no se va)


Ezequiel(punto y guión)